daniel lebrato

VÍA CRUCIS, de Jose Marrodán

In Uncategorized on abril 20, 2010 at 8:21 am

Jose Marrodán verano 2007 07 19 carmona el bebedor de cerveza

VIACRUCIS

Una bofetada de calor recibió en la cara nada más abrir la puerta del bar y salir a la calle. La luz era cegadora. Sintió la sensación de asfixia y decidió volver a entrar. Otra vez el fresco artificial, la sombra relajante, el suave tacto a la vista de las maderas, los estucos ocres y violáceos, el suelo de losas de barro cocido; a un lado los jamones y chacinas, al otro, la pizarra con las tapas, y en medio un cartel anunciador de algún evento flamenco: una mancha de tinta o carboncillo donde se apreciaba la silueta casi de perfil de una gitana tocando las palmas, sentada en una silla de enea.

Se dirigió al mismo rincón de la barra donde justo un rato antes había estado acodado sobre el mostrador, adoptó exactamente la misma postura y le pidió al camarero otra cerveza. El camarero sacó un vaso de la nevera, lo enjuagó en el chorro de surtidor tal como le había indicado el cliente momentos antes, lo inclinó bajo la boquilla y empezó a salir el líquido amarillo, que fue cayendo en el vaso, formando la mezcla deliciosa de oro y nieve. Derrite el oro y se blanquea la cumbre, líquido sol bajo la nieve pura, sol y nieve, joé, parece el nombre de una agencia de viajes.

El cartel de toros junto a la puerta de los servicios le recordó que tenía que comprar las entradas para la corrida. Seguramente sacara una para él, pero qué gordo le caía el amiguito de ella. No lo aguanto, es un  imbécil, él sabe más de toros que nadie, y no calla, es que no calla ni un momento. Además, qué hago yo yendo de carabina. No sé por qué sigo admitiendo esta relación. Decididamente no voy a los toros con ellos.

el bebedor de cervezaverano 2007 07 19 carmona

Le pidió otra cerveza al muchacho, y de nuevo la misma operación, vaso a cuarenta y cinco grados de inclinación, líquido formando volutas en el fondo y para rematar la faena, vaso recto, último chorreón y dos deditos de espuma.

-La calle está que echa fuego, ¿no? –le dijo el camarero en el momento de dejar la cerveza sobre la barra.

-Es un sol de justicia. Menos mal que existen lugares así y bebidas como ésta para poder tirar para adelante.

Las dos personas más próximas discutían sobre algún asunto familiar: al parecer, a una tía ya muy mayor, dueña de una importante fortuna, la habían desplumado; el administrador, no se sabía con qué tretas y argucias, consiguió dejar a la pobre vieja sin un duro.

-Que no, que no se puede hacer nada. Eso lo ha ido tramando él durante mucho tiempo y con sumo cuidado y…

-Pero eso es una estafa y seguro que puede verso algo; se registran los papeles con la autorización de un juez y en algún sitio debe haber un fallo y coger al sinvergüenza ése.

Diminutas burbujas ascendían desde el fondo, un pespunte diminuto y al minuto un collar de perlas se alza. Hoy no es mi día. Se me acaba el tiempo y quizá no pueda darle a Daniel el texto que me ha pedido sobre la cerveza; no sé qué hacer con ella, excepto bebérmela.

Con un gesto se dirigió al camarero indicándole otra. La boca inclinada del vaso bajo el tirador, boca de nadador que coge aire, boca desfigurada bajo el grifo, y lentamente va cayendo sobre la pared de cristal el oro líquido con su cuello de armiño. Pensó que aquélla debería ser la última que se bebiera, pero quién salía con lo que estaba cayendo. Qué cosa tan absurda: en dos zancadas estaba en el coche y en cinco minutos, en su casa. Sin embargo, se estaba tan bien allí… Hagamos tres tiendas… En el otro extremo del mostrador, formado en L, una chica joven repasaba unos papeles y bebía también cerveza. No más de treinta años, ojos vivarachos, escrutando en los documentos, pasaba, se detenía, volvía atrás… Media melena rubia recogida en una coleta con una felpa blanca, blusa del mismo color, ceñida, de fino encaje a lo largo de la botonadura, pechos aprisionados y entre ojal y ojal breve aspillera amenazante… Agora el crudo pecho pudiera ceñir con oro… Su vaso de cerveza, medio vacío, había dejado la huella de la espuma en el cristal. Arabescos de nácar para el oro que ciñera tus pechos rebosantes, y entre ojales, saeteras insinuantes que marcan el camino del tesoro.

Tres obreros irrumpieron en el local, con sus voces y sus risas estentóreas, no ya impidiendo la paz y el sosiego, sino provocando la huida de la ninfa de cabello rubio y blusa blanca. La conversación de los tres operarios giraba en torno al trabajo, siempre entre bromas y obscenidades. Reflejaban camaradería entre ellos, pero no había nobleza en sus ojos, más bien la sombra de la puñalada trapera si así el guión lo exigía. ¿Qué les pasará que cuando van en grupo se transforman? Ante la fiesta de cervezas que se formó en el mostrador, pidió él una levantando el vaso vacío. Como era de esperar, su vaso, adecuadamente enjuagado en el enhiesto surtidor, ni de sombra ni de sueño, le llegó coronado con cremosa nube blanca… Nieva al revés hacia la nube blanca en un cielo amarillo de cebada. Yo no sé qué le ha visto al imbécil, a ese mostrenco. Y cómo le ríe ella sus gracias…; es que es incomprensible.

Volvió el silencio al bar tras la marcha de los tres trabajadores y se percató de que había otros parroquianos, pero le llamó la atención uno en especial: alto, delgado, serio, con gafas color miel, bigotito fino a lo Clark Gable, ya blanqueando un poco, firme frente a la barra, sin moverse y casi sin pestañear, dando sorbitos perfectamente sincronizados a su vaso de cerveza y limpiándose instintivamente su bigotito. Acababa el vaso y pedía otro y repetía el ritual. Hubo una interrupción cuando sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de la camisa, cogió uno y del pantalón, un mechero, lo encendió y lanzó una gran bocanada, envolviéndole una nubecilla de humo gris. La tenue luz anaranjada del local se fue llenando de volutas de humo que ascendían con lentitud, creando un ambiente de novela negra. Sostenía el cigarrillo en la mano izquierda y alternaba rítmicamente la chupada con el trago. En el fondo había una pareja joven, vulgares en sus modos y en sus formas pero con la atenuante del amor. Parece como si el amor sincero le diera un toque de distinción a los seres vulgares por naturaleza. En cambio, no es amor lo que le une a ella y al mostrenco que cree saberlo todo. Ella es elegante, él… un patán. Otra vez pensando en ella. Si sé que esto ya no tiene remedio, que ella no me… ama. No puedo seguir aparentando esta amistad. Siempre esperando migajas. Que me roce, que toque mi mano, que se despida con un abrazo cariñoso. De momento, a los toros no pienso ir con ellos. Me tomo otra cervecita y ya me voy para casa.

Acercó un taburete para sentarse junto a la barra, caballero a la jineta en las eneas de las tabernas, pidió otra copa y también unos altramuces. Devoró casi media conchita de los chochos y lo mismo hizo con la cerveza, se bebió más de medio vaso. Por padecer pobreza nunca os desaniméis, porque otros más pobres un día encontraréis. No sé qué voy a hacer con Daniel. Le diré que mi musa me ha dejado, mi ninfa de cabello de oro y blusa blanca como la espuma de las olas huyó por culpa de tres infieles malencarados.  ¿Mi amor o mi musa? “Siento por ti mucha ternura, pero no estoy enamorada.” Ternura, como si yo fuera un peluche. Tierna amistad de lúpulo y azahar. Poncio Pilato bebe cerveza en el Jota, y allí se junta con Antonio Ciseri, con Lastrucci y con Don Fadrique, el marqués de Tarifa. Va por ustedes.

La clientela que ahora entraba venía en busca del café, aroma que iba impregnándolo todo. A él lo único que le confortaba era la cerveza, por eso pidió otra. Se levantó del asiento, dio un imperceptible traspié y se acercó a la puerta de salida, la abrió y volvió a sentir la irrespirable flama. Cerró la puerta y volvió a su asiento.

-La calle sigue imposible.

El camarero lo miró sin responder. En la radio se escuchaba una seguiriya de El Chocolate. Si cruzas la puerta, no mires pa atrás, que el ángel exterminador acecha pa hacerte de sal. De toros ni mijita. Yo se las compro del ocho y yo me voy al once.

Levantó la copa y se quedó mirando a través del vaso. Cuando me dejó tirao como a un perro lo uniquito que a mí me confortaba era hartarme de esto. De los volantes blancos de la mar, una tarde amarilla y melancólica te vi nacer junto a mi boca seca. Querido Danielito, no podré servirte

-Muchacho, ponme otra. Ponme también unas olivitas.

Venía la cerveza derramándose y al depositarla en el mostrador aún rebosaba la espuma.

-Volcán de lava blanca inocua y fría…

-¿Perdón? –contestó el camarero.

-No, nada, nada, está bien.

Apoyado en el mostrador, sobre el vaso, parecía buscar algo sobre el montículo que formaba la espuma. Zambullirme bajo el mar Amarillo y surfear sobre sus olas blancas. ¿Y qué se me ha perdido a mí en la China? Para surfear, Tarifa, ¿o no, señor marqués? ¿Y yo sé surfear ni na?

Junto a él se acodó sobre la barra un parroquiano con signos indiscutibles de estar bastante bebido. Éste también va bonito. Pidió una copa de 103, se la bebió de un buche, pagó y se fue. Veni, vidi, vinci. ¿Tú ves? Eso con la cerveza no se puede hacer. La cerveza tiene otro ritual, otro tiempo. Y con esta calor… ¿El ángel exterminador seguirá ahí? Ya es tarde. Una, dos, tres… ocho. Ocho y cuatro de antes… doce. O sea, estoy ante Santa Cruz, en Tomás Murube. Me queda la decimotercera, la del Baratillo, y la última, la última estación, la de Santa Marta; y ya en casita. Oh honrado boticario, tus remedios hacen efecto. De un trago se bebió lo que le quedaba en el vaso.

-Sírveme, Ganimedes, otra copa de ese pálido y amargo licor, a ver si ahora me atrevo con Europa.

-¿Otra?

-Otra.

Se levantó del taburete con intención de ir al servicio y esta vez sí dio un claro traspiés. Había pedido la que hacía trece, que la cuenta la había hecho a la perfección. El molinillo del café de repente guardó silencio y pudo oírse una soleá de Triana en la voz de Naranjito. Salía en ese momento de los lavabos nuestro cliente. Cuando estoy cerca de ti, se me nubla hasta el sentío… y tú sin mirarme a mí.

-Eso es cante y lo demás ojana.

Se acercó a su sitio y comprobó que la cerveza había perdido espuma. Agarró el vaso con la mano, comprobó que estaba frío. Este gracioso es capaz de echarme la agüita amarilla que acabo de dejar en el váter. Áureas orinas inmisericordes para gente mostrenca y botarate. A la última estación no llego. Oh, tú, Santa Marta, divina hostelera, no llego a la espuela. Socórreme al menos en el camino de vuelta.

Sacó un billete, pagó; con pasos inseguros se fue hacia la puerta. A ti me entrego, mi ángel de ojos de ámbar, de cabellos melifluos y aromáticos, de blancura infinita de azucenas…

-Adiós, garzón.

-Adiós, Gambrinus.

Jose Marrodán y Daniel Lebrato 2007 07 19 carmona el bebedor de cerveza

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